About Dorina Bonatti

Dorina Bonatti es intérprete de conferencias y traductora. Estudió en la 'Scuola Superiore per Interpreti e Traduttori di Firenze', en la ciudad de Florencia, Italia. Su carrera se ha desarrollado principalmente en México y siempre ha tenido un fuerte interés en todo lo que se relaciona con su profesión.

Los señores grandes

Los señores grandes

por Martha Macías

Los señores grandes abordan la porción del Metrobús reservada a las mujeres, discapacitados y personas de la tercera edad. Lo hacen un tanto resignados porque aceptan con dignidad que su paso ya no es tan firme, ni su espalda aguanta como antes la carga de la calle. Lejos están de aquellos prematuramente encanecidos que se fingen añosos para ingresar a un área donde no tienen que competir con sus iguales, como lejos están de esos jóvenes que fingen dormir, o aprovechan la compañía de una mujer para ocupar el asiento que debieran cederle a la señora cargada con mandado, a la madre balanceando un bebé, o a la joven agobiada por un día de trabajo y horas en el transporte público.
Los señores grandes se toman del pasamanos y enfrentan el vaivén de los frenones simulando firmeza. Las mujeres más jóvenes que ellos titubean entre reconocer la jerarquía del bastón y la dignidad del caballero. Cuando finalmente una se atreve a ofrecerle el asiento a un señor grande, éste se niega con una sonrisa irrefutable en su amabilidad y cortesía. Galante, permanece de pie hasta que la joven dama baja del vehículo. Sí, dama, porque los señores grandes así tratan a las mujeres y en eso las convierten.
Sólo entonces, cuando ya ninguna de ellas viaja de pie, ellos se sientan con la espalda muy derecha, su cabello bien acomodado bajo la gorra o sombrero y su bastón que nunca estorba. Las damas a su alrededor se sienten apoyadas, y de algún modo protegidas, por un modo de ser más sólido que una musculatura cualquiera, por ese temple que da el respeto y que hace grandes a esos señores.

By | 2018-06-04T20:22:05+00:00 June 4th, 2018|Posts|2 Comments

Rumbo a nuestro destino en el metro de la Ciudad de México

Por Dorina Bonatti

Rumbo a nuestro destino en el Metro de la Ciudad de México

Subirse al metro tempranito (la línea rosa) para llegar a trabajar es un acontecimiento que sigue sorprendiéndome.  No lo uso muy seguido porque trato de llegar por otros medios, por eso de la gran inseguridad en la que vivimos en nuestro país. Pero cuando se trata de trayectos cortos, sin tener que llevarme la computadora y teniendo la alternativa de usar el vagón de mujeres, eso es lo que hago porque los estacionamientos públicos te cobran tarifas de asalto e irte en Uber, como hacemos la mayoría de los intérpretes, resulta también muy doloroso cuando te llega el pago en la tarjeta a fin de mes.

En estos días, mi trabajo me ha llevado a subirme con cierta frecuencia y a poder observar a las mujeres a mi alrededor. Mujeres jóvenes, la mayoría o más jóvenes que yo . Muchas recién bañadas, con el cabello aún húmedo y otras en plena faena de maquillarse el rostro. La gran mayoría poniéndose rimmel o polvos en la piel y otras peinándose con una destreza total en las manos  y a una velocidad sorprendente. Lo que más me atrae o sorprende es verlas con la famosa cuchara, que por lo general es chiquita: la famosa ‘cucharita’, que usan para rizarse las pestañas. En este caso en particular, una joven mujer usaba una cuchara sopera (!!!) para este menester de doblar a la mitad las pestañas del párpado superior, jalándolas con fuerza  y revisando el resultado en un espejito sin aumento y pasando después a ponerse el rimmel.  Me maravilla como logran hacerlo, terminando con los ojos aún intactos, porque resulta que en las últimas ocasiones que he tomado esta línea, los tubos fluorescentes de los vagones están apagados, con la excepción de tres (son doce en total) y se viaje en la semioscuridad la mayor parte de las veces y con ese vaivén del vagón que, si no estás sentada, es imposible no sentir que en cualquier momento algún movimiento brusco te llevará a tener que agarrarte de algo o de alguien para no terminar zozobrando.

Sigo observándolas, todas serias, circunspectas, sin alzar la vista, algunas robándose 5 minutos más de sueño antes de su parada, otras con hijos agarrados de la mano con fuerza, dándoles unos bocados de comida antes de llegar a dejarlos a la guardería o la escuela, según la edad. Premurosas casi todas,  asegurándose de que el niño traiga todo y esté bien presentado y que su tarea de mamá se cumpla a cabalidad antes de bajarse del vagón y desaparecer entre la marea de gente, cada quien dirigiéndose hacia sus propias vidas, buenas o no tan buenas, con la preocupación que tenemos todos de poder llegar a tiempo a nuestro destino.

En este caso en específico,  dejándome llevar por todos estos pensamientos y sensaciones, perdí mi parada y me asalta la sensación de que ‘voy a llegar tarde’, porque ahora tendré que cambiar de dirección para tomar el tren que me regresará a mi destino. Se abren las puertas y piso una botella de plástico de algún refresco y me inclino a recogerla por instinto. Rápidamente procedo a preguntar cómo regresar a la parada que me corresponde, sin abandonar la intención de tirar la botella en un bote de basura. El metro de la Ciudad de México está impecablemente limpio, pero me pregunto, ¿por qué no hay botes de basura por ningún lado? Con la botella en la mano, me subo, ahora en un vagón absolutamente retacado de personas que huelen a limpio, a recién bañados, a ropa perfectamente lavada y perfumada con algunos de estos tantos productos ‘suavizantes y perfumados’ que venden y que sin duda manos amorosos y cuidadosas hicieron esta labor. Llego a mi parada, subo por las escaleras para salir a la calle y poder depositar la botella en su lugar. No veo botes por ningún lado y la visión del mar de personas que llenan hasta el último espacio al llegar a la parada de Insurgentes, es abrumadora. Pero, ¿y los botes de basura? ¡Ni uno solo! De hecho, la basura nos rodea por todos lados.

Me enfilo por la primera salida que veo para salir del metro Insurgentes y dirigirme al hotel en el cual trabajaré.  Camino rápido porque, aunque vi en  internet su ubicación, no sé exactamente a qué distancia quede de donde estoy. Salgo en plena Zona Rosa. Los puestos de dulces, refrescos y cigarros ya están en su sitio, los vendedores de tamales en plena faena y las cocinas al aire libre, picando papa con cebolla se dejan ver pero, sobre todo, oler. La vista no es placentera. De la señorial Colonia Juárez, queda una que otra fachada de estilo porfiriano o uno que otro edificio de la misma época con accesorias que venden de todo en la planta baja. La demolición sistemática de los edificios y palacetes de ese periodo de nuestra historia es casi completo, como si se quisiera borrar de un plumazo que existió el porfiriato.

Llego a Reforma y pocas cuadras después a mi destino con la botella aún en la mano y con la sensación de que una vez más la libré, llegando a tiempo a trabajar.

By | 2018-04-30T13:02:15+00:00 April 30th, 2018|Posts|7 Comments

Reflexiones sobre el Código de Ética del CMIC

Desde hace tiempo traigo la idea de tocar este tema y la idea de escribir estas reflexiones me surgió a raíz de las palabras que dirigió nuestra ex Presidente Hilda Tejada al cierre de la más reciente Asamblea Anual sobre el cumplimiento de nuestras condiciones de trabajo.

Considerando los tiempos difíciles que está atravesando el país, de los que no se salva nuestra profesión, considero que es más importante que nunca no batirnos en retirada y plantearnos la defensa individual y colectiva de nuestras condiciones de trabajo.

Y es que más allá de los beneficios que ofrece la tan buscada profesionalización de nuestro trabajo, es también vital que todos quienes nos hemos incorporado voluntariamente al CMIC cumplamos y hagamos cumplir cabalmente y en todo momento su código de ética, porque en él se basa nuestro desempeño como profesionales.

A pesar de esto, es un hecho que como intérpretes hemos sido laxos en la defensa de su cumplimiento. Las razones para ello van desde el sencillo desconocimiento del código hasta el miedo de “incomodar” al cliente (o a la agencia que nos contrata) y de que no vuelvan a llamarnos. Por desgracia, es un hecho que la irregularidad en la aplicación de una norma la erosiona y acaba por hacerla irrelevante. Y es que, si no se cumple el artículo Y, ¿por qué no hacer también una excepción para el artículo X? Y es que como “la situación está tan difícil, tampoco podemos presionar para que se cumpla el artículo Z”. Y así, poco a poco, hemos acabado por vivir en un entorno profesional regido por “usos y costumbres” y no por los principios profesionales que en algún momento nos dimos nosotros mismos.

En este punto me gustaría comenzar por invitarlos a leer, una vez más, nuestro Código de Ética (http://www.interpretesdeconferencias.mx/codigo-de-etica) para poder hacer una reflexión personal y como grupo sobre él. Es indispensable que refresquemos nuestra consciencia de su importancia. Y es apremiante renovar un compromiso individual y colectivo de ceñirnos a él sin excepciones. Por diversas razones, las condiciones de trabajo han sufrido un marcado deterioro en los últimos años y si nosotros no defendemos a nuestra profesión, nadie lo hará por nosotros.

Ciertamente TODO el Código es importante, pero más que intentar una disección artículo por artículo, me gustaría enfocarme en algunos artículos cuyo incumplimiento se ha vuelto costumbre y que, a mi juicio, tienen un mayor impacto negativo sobre nosotros y nuestras condiciones de trabajo.

Artículo 3.

Los miembros del CMIC, se abstendrán de aceptar cualquier trabajo para el que no se consideren debidamente calificados, tomando en cuenta dos aspectos:

a) El conocimiento de la terminología propia del evento;

b) El dominio de los idiomas de y hacia los cuales se compromete a trabajar.

La aceptación de un trabajo es considerada como equivalente a la garantía de que los servicios de interpretación serán de la más alta calidad de acuerdo con su leal saber y entender.

Comentario: Se ha vuelto una costumbre que las agencias no pidan material de preparación al cliente (como también que muchos intérpretes no lo exijan) y que muchos colegas acudan al trabajo con la única información de que “el evento es de medicina/ingeniería/tema legal, etc.”

Artículo 5.

Los miembros del CMIC respetarán las fuentes de trabajo de los demás colegas así como las de los intermediarios que los contraten. Este Código de Conducta exige honestidad y compañerismo en todas aquellas situaciones que afecten la contratación, presente o futura, de un intérprete profesional ya sea por un contratante, un intermediario u otro intérprete.

Comentario: Por desgracia, el “pirateo” de clientes está a la orden del día y en la práctica jamás se han denunciado estas graves violaciones de la más elemental ética profesional ante la instancia adecuada del CMIC (la Comisión de Honor y Justicia). Para colmo de males, muchas veces el argumento utilizado por quienes piratean clientes a sus colegas se reduce a ofrecer precios más bajos por los servicios, lo que alimenta la guerra de precios que tan terribles efectos ha tenido ya en nuestra profesión.

Artículo 7.

Los miembros del CMIC, durante el desempeño de un trabajo de interpretación, se abstendrán de:

a) aceptar cualquier otro compromiso de interpretación que interfiera de manera alguna con el trabajo que se han comprometido a llevar a cabo;

b) realizar un trabajo como traductor, edecán, guía, asistente, locutor, etc., para el mismo evento durante el horario cubierto por el contrato de interpretación;

c) desempeñar cualquier otra actividad que afecte su rendimiento en el trabajo de interpretación.

Cualquier trabajo adicional al que no apliquen las restricciones anteriores y que se efectúe en el mismo evento, será motivo de una contratación por separado.

Comentario: en relación con el inciso c, hay colegas que aprovechan su turno de descanso no para descansar y refrescarse o para apoyar a su compañero de cabina, sino para hacer otros trabajos (como traducciones o trabajo de oficina), lo cual tiene un impacto negativo en el descanso, grado de concentración y la calidad de interpretación de toda la cabina.

Artículo 9.

Los miembros del CMIC se comprometen a brindar todo su apoyo y solidaridad a los intereses legítimos de la profesión que prevalecerán por sobre conveniencias de individuos o grupos.

Comentario: véase el comentario al artículo 5, arriba.

Artículo 15.

Los Miembros del CMIC deberán darse y recibir ayuda durante el trabajo de interpretación, a no ser que se decida lo contrario y de común acuerdo.

Comentario: véase comentario al artículo 7, arriba.

Artículo 18.

Los Miembros del CMIC habrán de coadyuvar a que las normas, reglas, recomendaciones y condiciones de este Código sean respetadas y aplicadas conforme al espíritu de su creación y sin mengua alguna del CMIC o de la profesión.

Comentario: Los miembros del CMIC debemos negarnos a aceptar que en la cabina trabajen personas en condiciones diferentes de las que contempla el código de ética (como nivel profesional, tarifa acordada para el evento, por ejemplo)

Artículo 19.

Para facilitar y mejorar el rendimiento del intérprete, el contratante habrá de facilitar al intérprete el material y/o la preparación necesarios, con anticipación suficiente, para permitir al intérprete llegar a adquirir los conocimientos que le permitan realizar un trabajo eficiente.

Comentario: como ya se dijo arriba, se ha generalizado omitir la petición de este material, tanto por parte de las agencias como por parte de muchos colegas, lo cual es un obstáculo importante para poder cumplir con este artículo y estar en posibilidad de desempeñar un trabajo profesional.

En este rubro, cabría también actualizar el código y agregar la exigencia de que los intérpretes debemos contar con acceso a Internet en el sitio de trabajo, pues la posibilidad de consultar términos y glosarios en línea hoy en día es esencial. Como tantas otras cosas, es esta una condición que sería muy fácil insertar en los contratos de trabajo (ver punto siguiente).

Artículo 20.

Siempre se trabajará bajo el amparo de un contrato escrito, o en su defecto, un contrato verbal, que de acuerdo a nuestras leyes tendrá validez ante las autoridades correspondientes y competentes.

Comentario: Es rarísimo en nuestro medio trabajar con un contrato escrito y esa pésima costumbre ha abierto la puerta a una amplia gama de incumplimientos del código, como se verá más adelante.

Artículo 24.

En caso de cancelación de un contrato por parte del contratante, los Miembros del CMIC exigirán una indemnización igual al 50% (cincuenta por ciento) del total de honorarios amparados por el contrato si la cancelación se efectúa entre la fecha de la firma del contrato y antes de quince días calendario del primer día de la prestación de servicios; si la cancelación es dentro de los quince días anteriores a la prestación de servicios, el contratante deberá pagar el total que ampara dicho contrato. Si el contrato se cancela entre 15 y 30 días antes de la prestación de servicios, la indemnización será del 25% (veinticinco por ciento) del total de honorarios. Toda cancelación deberá ser hecha por escrito y debidamente fechada, así como firmada por la persona autorizada para ello.

Comentario: este artículo es letra muerta. ¡Cuántas veces no se cancela la participación de un intérprete unas cuantas horas o un par de días antes de un evento! Este es, a mi juicio, uno de los incumplimientos que con más frecuencia nos golpea. Las cancelaciones impunes deben terminar y este artículo debe comenzar a insertarse en los contratos que nosotros (o las agencias) firmamos con los clientes.

Artículo 25.

El plazo máximo que se concederá al contratante para el pago de honorarios al intérprete será de 15 (quince) días calendario a partir de la fecha de iniciación de la prestación de servicios, a excepción, de que el intérprete acuerde un plazo mayor de antemano y en claridad absoluta.

Comentario: El cumplimiento de este artículo se ha convertido en un “sueño guajiro” y en realidad no tendría porque ser así. Es otra cosa que también podría resolverse incluyéndolo en el articulado de los contratos que firmemos (o que firmen las agencias) con los clientes. Un plazo mayor de pago podría aún ser negociable, pero no tendría porque concederse gratuitamente: es decir, a mayor espera en el pago, más alta debería ser la tarifa.

Artículo 27.

Es deber de los Miembros del CMIC exigir que:

a) el equipo electrónico sea el adecuado y cuente en todo momento con un técnico responsable de su buen funcionamiento

b) Se escuche y se vea directamente al orador (siendo excepción las videoconferencias, en cuyo caso se tendrá un monitor de televisión para poder ver claramente lo que sucede).

c) Haya una mínima comodidad en las cabinas (sean portátiles o fijas)

d) El equipo mínimo que se requiere en una cabina será:

  1. Un micrófono para el intérprete con posibilidad de apagarse
  2. Audífonos con control de volumen individual para cada intérprete
  3. Una mesa o superficie adecuada para los objetos laborales del intérprete
  4. Posibilidad de iluminación interior independiente de la exterior y/o central.
  5. Asientos cómodos
  6. Espacio interior suficiente
  7. Ventilación correcta
  8. Fácil acceso
  9. Aislamiento acústico suficiente
  10. Limpieza suficiente.

 Comentario: con cierta frecuencia y por el hecho de que “el cliente no quiere que se vea la cabina” o por razones similares, a los intérpretes se nos pone en lugares sumamente incómodos o en sitios en los que es sumamente difícil contar con las condiciones que se plantean arriba. Las condiciones y ubicación de las cabinas no deben estar sujetos a negociación y como tal deben, una vez más, contemplarse en los contratos.

Artículo 29.

Los Miembros del CMIC harán su mejor esfuerzo para que las condiciones de trabajo estipuladas en sus contratos sean siempre lo más explícitas e integrales posible, de tal manera que quede el menor grado de duda o de posibles diferentes interpretaciones de las partes.

Comentario: una vez más, el cumplimiento de este artículo depende de ese gran ausente en nuestro trabajo cotidiano: el contrato.

Artículo 41.

Se recomienda que todo contrato de los miembros del Colegio fuera de su domicilio profesional incluya el pago de:

a) transporte desde su domicilio profesional hasta el lugar de celebración del evento y viceversa por avión de preferencia o, en caso de que no haya este medio de transporte, aceptará el más rápido y directo disponible.

b) alojamiento en habitación sencilla por intérprete en un hotel de buena categoría, tres alimentos y transporte al lugar del evento y una cantidad adicional para gastos incidentales, por ejemplo, propinas. Si el organizador así lo deseara, podrá cambiar las prestaciones anteriores por una cantidad en efectivo que cubra adecuadamente estos renglones.

c) en caso de que el evento se celebre en un hotel, los intérpretes deberán hospedarse en el hotel sede.

d) el pago del 50% de sus honorarios profesionales por cada uno de los días de desplazamiento en que no trabaje y los días intermedios no laborados por necesidades de la reunión, serán cubiertos en su totalidad.

e) en aquellos eventos en que el intérprete deba transportarse en su automóvil, el contratante pagará los gastos convencionales (gasolina, casetas) por el uso del vehículo particular.

Comentario: en particular, se presentan incumplimientos de las cláusulas b, c y d anteriores. Al trabajar fuera de nuestras plazas de residencia, hay presión para que los intérpretes acepten alojamientos en hoteles de menor categoría o bien para compartir habitaciones. El pago por el día de desplazamiento (inciso d) es otro caso de letra muerta y un elemento más que también debería figurar en los contratos..

Conclusión

Más que una conclusión lapidaria y unilateral de mi parte, lo que pretendo con estas reflexiones es invitar a todos los colegas (incluso quienes no sean miembros del Colegio, pues el código de ética debe velar por los intereses de todos los intérpretes) a que nos familiaricemos con el código de ética, para que (¿por qué no?) lo discutamos y lo hagamos una parte integral de nuestro trabajo cotidiano.

Como todo instrumento humano, el código de ética puede modificarse, actualizarse, editarse, etc. mediante el consenso de todos los que nos hemos comprometido a ceñirnos a él.

Lo que de ninguna manera debe ocurrir es que este documento, que libremente hemos elaborado como rector de nuestro trabajo, sea como las órdenes reales que se giraban en la época colonial y de las que solía decirse: “acátese, pero no se cumpla”.

By | 2017-06-16T20:53:26+00:00 May 16th, 2017|Posts|0 Comments

A Maya Interpreter

The Maya are known for the beauty and sophistication of their art and for being one of a handful of cultures in world history to have independently developed a system of writing. With very few exceptions, Maya public art depicts official occasions, such as the dedication of a building, the crowning of rulers, or important calendric stations and anniversaries, thus revealing little about the inner workings of other aspects of life in Maya society.

It is our good fortune that there are hundreds of ceramic painted vases and other containers that do allow a glimpse into a wide variety of activities that went on in their ancient world.

Aside from being especially beautiful, the vase that I will now show depicts a scene that interpreters will probably find fascinating.

The scene shows the interaction of six characters inside a palace (notice the slightly pink drapes tied just below the lengthy text that runs along the upper part of the scene, as well as the two characters who hold torches to light the scene). Let’s identify the characters in the scene by using the letters A to F, from left to right. It depicts visitors (characters A and C) bringing tribute (the two bundles on the ground and the item that A holds with his right hand) to a ruler or dignitary (E), who sits on an elevated bench. One of the visitors (C) is speaking to the ruler, possibly describing the tribute or formally delivering it.

The character that I want to draw your attention to, however, is D. If we look closely, we can see that he is also speaking: his mouth is open and there is a thin line connecting it with the text that was written above and slightly to his right. If we take a close look at his headdress, we notice there is a protruding element that ends in a red-painted hook. This is the handle of a reed brush used for both writing and painting. The wearing of this element in his headdress marks him as an artist and a man of learning. The upper end of this element physically overlaps a short text, consisting of two glyphic blocks, thus associating the text with the character. This short text is fully phonetic in nature. It reads chi-ji-la-ma, to render the Classic Maya word CHIJLAM, which means, precisely, “interpreter”.

What is going on in this scene is that the two characters that bring the tribute in (A and C) are most probably foreigners who do not speak the language of the local court and need the services of an interpreter (D), in order to communicate with the ruler that they are bringing the tribute to (E).

By | 2017-06-16T20:53:27+00:00 February 10th, 2016|Posts|1 Comment

Entrevista en livestream a Roberto Donadi

La Comisión de Vinculación del CMIC, presidida por Flor Montero, organizó una serie de entrevistas a colegas invitándonos a compartir nuestras experiencias y sugerencias sobre diversas facetas del mundo de la interpretación.

Tuve el honor de que me escogieran para la 20ª. edición, cuyo tema fue “La interpretación en organismos internacionales”.

La entrevista comenzó con una pregunta de la entrevistadora sobre mi llegada a México y mi incursión en la interpretación. Describí de manera anecdótica mi llegada a México después de viajar en aventones y pasar un tiempo en prácticamente todos los países del continente americano. Mi acercamiento a la profesión fue casi por casualidad. Ingresé al Instituto de Intérpretes y Traductores (ahora el ISIT) en 1975, más interesado en la traducción escrita que en la interpretación. Pero las clases de Laura Zocchi, en especial, y de otros profesores, como Wanda Velghe, hicieron que me involucrara cada vez más en la interpretación. En 1978, año en que me recibí, México era uno de los destinos favoritos para la organización de congresos y convenciones, y gracias a eso comencé a trabajar incluso antes de terminar la carrera.

En la siguiente pregunta, la entrevistadora quería saber qué obstáculos tienen los intérpretes recién egresados para trabajar en un organismo internacional. Yo preferí darle la vuelta a la pregunta y mencioné los activos, los talentos, que debe tener un aspirante. En primer lugar, dominar 3 o más idiomas, pero dominarlos: el A, que es el idioma materno, uno B, el idioma al que uno puede interpretar pero que no es el idioma materno, y dos o más idiomas C, que son los idiomas pasivos, a partir de los cuales interpretamos al idioma materno, pero no hacia esos idiomas.

Y hay que moverse, apuntarse en todos los exámenes que organizan los organismos internacionales para llenar vacantes, presentarse a las convocatorias que anuncian las misiones de reclutamiento… tal vez no consigamos el puesto la primera vez, pero en alguna parte se guarda el CV, el nombre, la dirección, y tarde o temparano alguien quizá eche mano del expediente y, en todo caso, nos pueden contratar como locales si el organismo necesita intérpretes para un evento en México. Si tienen que viajar a Nueva York para presentarse a un examen, hagan la inversión (aunque en algunos casos el organismo paga el pasaje del aspirante). Tienen que consultar con regularidad los sitios web de los organismos internacionales, ONG, o comisiones ad hoc. Googleen “trabajar como intérprete en Europa”, o “en Canadá” o donde les interese. Se encuentra mucha información y por lo general hay una sección de vacantes donde figuran los requisitos. Mientras tanto, traten de trabajar con miembros de AIIC, que los oigan, que los conozcan, háganse ver, háganse notar, y no dejen de perfeccionarse y actualizarse constantemente.

Una pregunta que me pareció muy interesante fue si yo había notado diferencias importantes entre el trabajo como intérprete independiente y como staff permanente de un organismo internacional y que describiera cómo es el entorno institucional, el ambiente de trabajo y la competencia profesional.

Claro, la primera diferencia es que en un organismo internacional uno tiene un puesto fijo, por lo general muy bien remunerado, con excelentes prestaciones y apoyo institucional. Este apoyo es en forma de revisores que se asignan a los traductores recién contratados o supervisores a los nuevos intérpretes, un enorme acervo de glosarios de muchísimos temas y en todos los idiomas de trabajo del organismo, una biblioteca para los servicios de idiomas, la posibilidad de tomar el teléfono y llamar y consultar al autor de un texto o al ponente que va a dar la conferencia y, sobre todo, ayuda de los compañeros con más experiencia…

Cuando somos funcionarios permanentes, debido a lo complicado que es despedir a un empleado (se requiere presentar una serie de evaluaciones mediocres durante tres años, presentar un plan de desarrollo profesional, fijarle objetivos viables, demostrar que se le dieron oportunidades satisfactorias para mejorar su desempeño, etc.) nadie hace ningún intento por “quitarle el puesto a un colega”, ni “desplazarlo de un evento interno”, porque igual cobramos el sueldo. Damos, sí, lo mejor de nosotros mismos porque somos profesionales, y podemos aspirar a un aumento de sueldo más generoso si recibimos una calificación alta en las evaluaciones anuales, pero, entre bomberos no nos pisamos la manguera. Hay mucha camaradería.

Para los free-lancers no somos competencia, porque no incursionamos en los nichos de mercado en los que ellos se manejan. En todo caso, somos un valioso vínculo con la institución en lo que se refiere a contrataciones para eventos cuando no alcanza el personal de la casa, frecuencia de las contrataciones, invitaciones a misiones al exterior, y… ¡nos tratan con guantes de seda!

Otra diferencia con los free-lancers es que en un organismo tenemos ingresos asegurados, prestaciones, seguro médico, viajes al lugar de nacimiento para renovar vínculos con la familia y el idioma, protección internacional cuando viajamos, una remuneración adicional si nos asignan a lugares de trabajo conflictivos o insalubres, evacuación a un lugar seguro, y otras ventajas. Y tenemos la suerte de que no nos vemos obligados a correr a casa al término de un evento para hacer una traducción urgente, ni dobletear eventos para poder pagar el alquiler o la hipoteca, la colegiatura de los niños, el mantenimiento del automóvil y los gastos comunes del hogar, sobre todo porque trabajando de manera independiente hay que ahorrar para aguantar los meses de poco trabajo, la última quincena del año, la cuesta de enero y la falta de regularidad de los ingresos… y del pago de los honorarios. Esa diferencia es crucial.

Me preguntaron también si sabía de mexicanos que hayan ocupado puestos importantes en organismos internacionales. Claro, Guido Gómez de Silva, que fue  jefe de la sección de terminología, jefe de formación de intérpretes y jefe de la sección de lenguas de las Naciones Unidas; Rosi Mesa Steel, jefa de intérpretes del Banco Mundial; Gustavo Silva, jefe de la sección de servicios lingüísticos en la Organización Panamericana de la Salud; Mercedes Martínez (miembro fundador del CMIC), jefa de intérpretes de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual… son los que me vienen a la mente.

En la última pregunta me pidieron que señalara qué mensaje pensaba yo que debía dejarles a los nuevos intérpretes. Yo creo que una de las cosas más importantes es mantener el profesionalismo, con todo lo que el término implica, en todo momento. Para cualquier trabajo que se nos asigne, be prepared. No se puede entrar a la cabina sin saber de qué se trata la conferencia, cuál es el tema, quiénes son los oradores. Hay que estudiar, pedir las ponencias con anticipación, o por lo menos material de referencia, consultar el sitio Web de la empresa, el simposio, o el congreso. Cada vez es más frecuente que se arme un sitio en Internet con muchísima información sobre el evento. Hay que leer las ponencias que nos entreguen, buscar terminología, resolver dudas, aclarar conceptos, aprenderse las siglas, apuntar una traducción bien pensada de alguna frase clave, del mensaje final, de alguna cita de una persona célebre, ¡y hasta de un chiste!

Otra sugerencia para todos los intérpretes, no solo los nuevos, es grabarse en la cabina, periódicamente. Así nos oímos tal como nos escucha el oyente, y percibimos los ruidos, la respiración, el tamborileo de los dedos en la mesa, el castañeteo de los dientes (en los lugares donde colocan las cabinas suele llegarnos el aire acondicionado en todo su esplendor), los “eeeeeh” que suelen emitirse entre una frase y otra. Los colegas que toman nuestro relay son una excelente fuente de retroalimentación. Nos pueden decir cosas como: “Estabas demasiado lejos del micrófono y no se te oía bien”. “Cuando hablas demasiado rápido se te lengua la traba”, y comentarios de esa índole.

Es fundamental estar bien informado, actualizado, aprenderse (en los dos o tres idiomas de trabajo) el nombre de la conferencia, los organizadores, los comités, los ponentes, las entidades que representan. Es preciso entrar a la cabina con confianza y, también, con un poco de nerviosismo, porque eso nos genera la adrenalina que necesitamos para aguantar ocho horas en este trabajo que exige tanta precisión y concentración. Pero tenemos que evitar sentir que somos maravillosos, impecables y que nadie podría hacerlo mejor que uno, que no necesitamos que nos apunten ningún término difícil, o que se nos escapó, que no tenemos nada más que aprender; ni tampoco mirar con desdén al colega, que posiblemente también sea excelente y haga un trabajo estupendo.

Y, por supuesto, respetar la profesión. Y esto significa observar las normas generalmente aceptadas de la profesión, no cobrar tarifas más bajas “para no perder el evento”, no quitarle el cliente a una agencia ni a un colega, no aceptar condiciones deplorables de trabajo, no permitir que el cliente nos falte el respeto cuando no accede a concedernos lo que necesitamos para desempeñar nuestra labor. Estaríamos dando pie a que no se nos respete como profesionales… si nosotros mismos no nos respetamos ni defendemos la profesión.

Roberto tiene más de 35 años de experiencia como traductor e intérprete profesional en México y en el extranjero. Es egresado del Instituto de Intérpretes y Traductores (ahora el ISIT) de la ciudad de México. Trabajó casi 20 años como funcionario permanente del Fondo Monetario Internacional, en Washington, y en contratos temporales en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el Banco Mundial, la Organización de los Estados Americanos (OEA), la Organización Panamericana de la Salud (OPS), la Organización Mundial del Comercio (OMC) en Ginebra, y la Dirección General de Interpretación de la Comisión Europea (SCIC) en Bruselas.

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By | 2017-06-16T20:53:28+00:00 October 21st, 2015|Posts|2 Comments

A safari of memories

by Dorina Bonatti

Last month, I was offered one of those jobs that one cannot let pass: an assignment in South Africa.
To give a little perspective on why this was so irresistible to me, I must say that I was born in South Africa, left and then returned during that crucial time we call teenage years… to never return again.
Getting there is a little odyssey in and of itself, as it takes 16 hours of solid flight (from Atlanta) all the time flying over the Atlantic Ocean.
The first morning we stepped onto the Johannesburg streets, all my preconceived memories of South Africa came crashing down. As if something I could not stop had gotten hold of me, my mind unleashed tons of things I had barely thought about in years. The sensations, the smells and the sights (those deep blue South African skies, with a Sun that seems larger than at any other place) brought about even things I didn’t know were there. I realized I really needed to understand the reasons my mother and father had had for choosing South Africa as the country in which to have us and make us grow.
The long flight itself took a different dimension as it unexpectedly made me realize how much the world has changed since the end of the great war, of which we were very much the product: it was then an enormous world and it often took weeks to cover distances what I had now covered in mere hours.
Yes, as could be expected, I mostly found myself constantly thinking about my mom and my dad.
I found that modern-day South Africa exudes life and a great optimism that things will work out.
Most of the infrastructure that stands today was built by whites, but modern-day South Africans, which are mostly black, take loving care of it to keep everything running. I find this especially surprising, given that they could just as easily have chosen to ignore or neglect it as part of a painful and unjust past.
I surprised myself remembering how, many years ago (many would say in another life), my teenage self awoke one morning unexpectedly finding itself living in a foreign country (South Africa). I can now see how much of a formative experience that was, but at the time I was mostly confused and unappreciative, both because of my age and because I had been violently uprooted from everything I had known before. Even though I was born in South Africa, I had left when I was too young (2) to remember it, having spent my childhood in Monterrey, Mexico. My mind was now full of the things I had heard often as a child which, for the first time, began making sense.
My mother had arrived there as a young immigrant and found herself, quite by serendipity, living in the house of a very prominent South African family: the Moerdijks. He was a widely-known architect who, among other things, designed and built a famous Afrikaner landmark: the Voortrekker (Pioneer) monument. A long list of regulars at the Moerdijks’ table were very prominent, among which Daniel François Malan, a nationalist leader who was to become the country’s president (and one of the creators of the terrible system of apartheid).
I couldn’t help but wondering now what my mother’s sensations would have been, coming as she did from a very simple background.
I also thought about my father, who ended in South Africa in a very different way (he had first arrived as POW and ended returning after the war to work for another very prominent family: the Millers, owners of what would eventually become one of the world’s largest breweries.)
I found myself thinking how their improbable meeting ended up resulting in my own life.
On my second day, I was able to visit my old house on 5th. Avenue. I had trouble recognizing it, on account that a tall wall had been built around it. It was especially emotional for me, not only because of the many memories (both good and bad) that it brought, but mainly because it has been abandoned for some years. The garden is gone, the pool is half empty and full of dark, stagnating water. Still, it was able to kick up all kinds of memories and names of old friends: Nicolò, Joao, Lele, Serena, Dale, my old schoolmates of more than 30 years ago.

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I made it a point of visiting my old school: Sandown High School, built in the Northern suburbs of Johannesburg (for whites only then, multi-racial now). I went into the offices, explained who I was and the school officials devoted a very generous amount of time to me, showing me my old records, very moved themselves because the records show that my older sister Alessandra belonged to the first generation ever to graduate from that school.
Coming out, I was reminded of my routine in old Johannesburg: we often visited the Rizzoli bookstore and attended Italian language courses at the Dante Alighieri, often ending at the Wimpy’s bar for a hamburger which, much to my amazement, we were supposed to eat with a knife and fork!
The job I had been hired to do then took me to Durban, with a stop at the marvelous Nambiti Game Reserve. The lodge we stayed at had a subdued elegance and exquisite service and food. It provided the ideal backdrop to a privileged view of the extraordinary African wildlife. (Ewert, our knowledgeable and infinitely patient ranger who was our driver and guide had to put up with the endless stream of questions I fired at him, as I wanted to know what everything was that we were driving by in the open truck.)

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Durban itself is a magnificent port city and our hotel offered a breathless view of the Indian Ocean.

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The first day, we unknowingly wandered into a not very recommendable area, on account of insecurity. Asking for directions, we were strenuously advised by an employee of a gas station to leave the area at once. These reality checks are still very much the contrasts of the country I vaguely remembered.

We were fortunate to find the beachfront soon enough, where I could not believe I was able to recognize the Balmoral Hotel where so many years ago my family and I spent a whole month while my dad was setting up a bottling plant in town. From there, I had no difficulty (to my own amazement) in finding the ice-skating rink (Durban Ice Rink) that my sister and I used to frequent. After all these years, it continues to be exactly as I remembered it.

Durban has long been noted for its large Indian population and continues to be like that. (Gandhi lived and studied there before moving back to India.) I found myself remembering how curries were always a frequent appearance at my mother’s table. I cannot think now of any other explanation but that she picked it up while staying in Durban.

As the cherry-on-the-pie to this rich journey, on my way back to Johannesburg I was at last able to find a book (Bush Vet) by my childhood friend Clay Wilson (whose own life is very much a parallel of mine in many ways). It is a memory of his lifelong love for African wildlife and his efforts to bring his veterinary skills and knowledge to the care of these magnificent beings. The book, which I have now read from cover to cover, goes from the anecdotal to the often unpleasant experiences he has had to undergo in trying to stem the destructive forces that have collided head-on with habitats and creatures.

I was there barely a month ago, but my sensations (stirred some more by Clay’s book) are still waiting to settle down. I know it in my heart that I will continue to dredge many things from a life I very much lived and about which I had either chosen not to remember much or remembered in a very different way.

In closing, I must make an essential acknowledgement: this trip was made possible and enriched by the company and understanding of my friends Frances, Gonzalo and Carlos, who enabled and encouraged my curiosity with their enthusiasm, willingness to listen and unfailingly cheerful company at the beginning and closing of every day of this unforgettable trip.

By | 2017-06-16T20:53:43+00:00 October 14th, 2013|Posts|3 Comments